Crónica: Así fue la humilde y alegre vida de Rodrigo "Rocky" Valdés
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Rocky tenía en sus dientes las letras R (Rodrigo), V (Valdés) y H (Hernández) | ALDÍA

Crónica: Así fue la humilde y alegre vida de Rodrigo "Rocky" Valdés

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Carlos Hurtado Morón
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Fue campeón del mundo en 1974 venciendo a Bennie Briscoe.

La Torre del Reloj, el Portal de los Dulces y “Rocky”. Un trío consti­tuido en el icónico símbolo de La Heroica ya no será lo mismo. Los tres se dieron vida entre sí para integrarse a la arquitectura del Centro Histórico. Uno de ellos ya no está.

El doble monarca de los pesos media­nos en la década de los 70 desapareció como los célebres y fulminantes golpes con los que construyó la leyenda de uno de los mejores 160 libras de los años mencionados.

Rodrigo Valdés Hernández, "Rocky", murió de un paro cardíaco este martes a las 11:30 de la noche. El ataque no le brindó tiempo para un conteo de pro­tección. Murió en su casa del barrio Crespo, ante el desespero de Ana Tijeri­no, su compañera de los últimos 30 años y ante la angustia de Ana Milena y Jen­nifer, dos de sus doce hijos. Impotentes todas vieron a Rocky con ese fuerte do­lor en el pecho que lo llevó a la nada.

En su casa en Crespo, desde una me­cedora, Valdés se había constituido en un “paisaje” de costumbre para quie­nes pasaban por la esquina donde está su casa de dos pisos protegida por una verja de hierro.

Curiosamente situada frente al aero­puerto internacional Rafael Núñez, pa­ra alguien a quien como él le daba mie­do volar en especial cuando hizo viajes largos a Nueva York o Mónaco.

En ese mismo puerto aéreo, una vez, Melanio Porto Ariza, el periodista que se convirtió en su manejador, le demos­tró a "Rocky" que su renuencia a viajar a una pelea internacional acusando dolo­res por todas partes del cuerpo, no era otra cosa más que ese fuerte apego que siempre demostró cuando tenía que de­jar a Cartagena atrás.

Melanio llamó a una operadora de aseo del aeropuerto, le pidió presta­da una aspiradora y se la pasó por el cuerpo a Valdés, quien de milagro se recuperó.

“Este (dirigiéndose a "Rocky") lo que es hipocondríaco”, recordó Nelson Aquiles Arrieta, "Nelaqui", empresario de 70 años que organizó varias peleas a Valdés y testigo de aquella anécdota.

Si algo le costaba a Valdés era des­pegarse de su gente. Del Mercado de Bazurto, del Portal de los Dulces, del Teatro Cartagena. Esos mismos luga­res donde Valdés construyó su historia.

El mercado, donde descamaba el pes­cado de joven; el portal, que terminó siendo la oficina de todas las tardes después de las 5:00 p.m. cuando se reu­nía con los pensionados del puerto en su edad adulta; y el teatro, donde dicen algunos, Valdés aprendió a leer.

ROCKY SEGÚN JOSÉ GODOY

Pero José Godoy, su preparador físico por muchos años, desmiente que haya sido su condición de eximio cinéfilo la que le haya dado a "Rocky" la habilidad de leer y escribir.

“Fue cuando comenzó a ir al colegio de la Policía, al lado del que es hoy el Hotel Santa Clara, ya siendo adulto se fue a tomar clases para aprender a leer y escribir. Iba al cine porque le encan­taba pasar horas enteras allí. Iba todos los días. Muchas veces sin leer los subtítulos, "Rocky" aseguraba entender de qué trataban las películas por simple intuición”, dijo Godoy en la recepción de la Funeraria Lorduy donde era velado el cuerpo del exboxeador.

Su nombre estuvo asociado a los mejo­res de la categoría de los medianos de la década de los 70, entre ellos el argentino Carlos Monzón y el estadounidense Ben­nie Briscoe, con quienes el cartagenero se batió en cinco intensos combates que marcaron un hito en la historia del pugi­lismo, le dieron las coronas que ostentó en su hoja de vida y también se las negó en las dos con el gaucho.

“Fueron peleas muy intensas que le generaron un desgaste grande a futuro a Valdés”, comentó el periodista depor­tivo Raúl Porto Cabrales.

“Esas peleas y lo intenso de las mis­mas más las enfermedades que debió afrontar "Rocky" (hepatitis y erisipela) hizo que su reinado fuera muy corto (de 1974 a 1977) ostentando las coronas de las 160 libras de la AMB y CMB”, recor­dó Porto Cabrales.

Las famosas reyertas dejaron en evi­dencia el talento de Valdés que debió acortar las diferencias en alcance y es­tatura con Monzón, a quien tumbó en la primera de los dos combates, y la forta­leza física de Briscoe a quien derrotó en las tres ocasiones.

De hecho, unas de las anécdotas que contó la esposa de Rubén Valdés, Rome­lia, fue que un día estando en casa, Val­dés solía visitarlos con frecuencia, Mela­nio Porto le dijo al campeón que le había conseguido otra pelea con Briscoe a lo que ‘"Rocky" contestó con una sola frase.

“Oye, "Mela", ¿tú no conoces a otro boxeador que no sea Briscoe?”, con­testó "Rocky", quien reconocía en los puños del crédito de Augusta (Georgia, EE.UU.) un tipo de mucha fortaleza.

Valdés (y no Valdez), en Cartagena, no fue la gran figura de convocatoria que todo el mundo cree.

Siempre estuvo detrás de Bernardo Caraballo, el más carismático e idola­trado de todos los tiempos en La He­roica; de Rubén "Cobra" Valdés y Néstor "Baba" Jiménez.

Estos dos últimos coparon la Plaza de Toros en la candente rivalidad que construyeron ambos a merced del pe­riodista Pepe Molina, muy lejos de Val­dés que solo metió la mitad del aforo del mismo inmueble cuando defendió la corona del peso mediano del Conse­jo Mundial de Boxeo ante el estadouni­dense Rudy Robles, al que venció por decisión unánime, en la única defensa de su cetro en su ciudad natal. 

SIEMPRE ESTABA SONRIENTE

Pero en lo que Valdés se distinguió de los demás, a kilómetros de distancia, fue en su impecable ejemplo, gentileza, amor por su gente y nobleza.

Al mediodía se le podía encontrar en la oficina de Bonifacio Ávila en el Mer­cado de Bazurto, o jugando dominó o almorzando su pescado frito en uno de los tantos restaurantes de la central de acopio de la ciudad.

En la tarde, después de las 5:00, en el Portal de los Dulces, sentado en la misma silla rimax de siempre junto a sus contertulios a la sombra de la To­rre del Reloj.

Era parte del paisaje y algunos turistas que lo distinguían en la siempre atiborra­da Plaza de la Paz atinaban a pedirle una foto o a solo gesticular con el dedo pulgar arriba mientras le decían “hola cham­pion” a lo que él respondía pelando los dientes y mostrando la "R", la desgastada "V" y la aún brillante “H” que siempre llevó incrustada en su dentadura.

Últimamente, por los problemas aso­ciados a la diabetes no salía tanto, y cuando lo hacía, ahora dos veces por semana, lo acompañaba Adolfo Fajar­do, el encargado de cuidarlo, sacarlo a la calle y regresarlo a casa.

Valdés fue ese tipo de cartagenero que no se dejó abrumar de la fama, ni del dinero, que miró más allá de las lu­ces de neón que lo persiguieron y de las estrellas de cine que lo fueron a ver en sus combates, para ser ese tipo pacien­te, callado, apegado a la sana rutina de visitar todas las tardes a sus amigos, dueño de una carcajada de oro y quien llegó a convertirse en el símbolo de aquella época cuando esta ciudad her­vía con el boxeo

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