Así reciben la paz cinco familias de militares costeños que tienen a los suyos en la guerra
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Para mostrar lo que vivían estas familias y las esperanzas que ahora aguardan con la paz, AL DÍA dialogó con cinco de ellas en la región Caribe  | AL DÍA

Así reciben la paz cinco familias de militares costeños que tienen a los suyos en la guerra

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Roberto Llanos Rodado
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Según ellos, se acabaron los días y noches de zozobra y malos presentimientos.

Noches de vigilia, días enteros de zozobra, de angustia; de ansiedad e intranquilidad… y en ocasiones de desesperanza; son sin lugar a dudas constantes en familias con seres queridos en la Policía o Ejército en las llamadas zonas rojas del país, donde la proximidad de la muerte es latente a cualquier hora y lugar, con ocasión del conflicto armado que supera medio siglo de sangre y dolor.

Por ello la firma del acuerdo de paz entre el Gobierno y las Farc, prevista para este lunes, y que desactiva un gigantesco y poderoso aparato de violencia, la guerrilla, crea una sensación de mayor tranquilidad y menos incertidumbre y preocupación en las parentelas de los miembros de la Policía y el Ejército que combaten en estas regiones.

A lo largo de estos años a los medios de comunicación nos ha tocado registrar en la agenda noticiosa hechos dolorosos con relación al conflicto armado: desde secuestros, hasta mutilados por las minas; sin dejar de lado la extensa cuenta de cadáveres: baleados unos, destrozados otros.

Por eso el anhelo de todos los colombianos es que situaciones de este tipo no se repitan, que se aclimate la paz y el país renazca social y políticamente en medio del respeto de las ideas del contrario, sin recurrir al expediente de la violencia.

Para mostrar un tanto lo que vivían estas familias y las esperanzas que ahora aguardan, AL DÍA dialogó con cinco de ellas en la región Caribe y encontró gente que mira el futuro con más optimismo y alegría, pues con los acuerdos de paz se reduce ostensiblemente la posibilidad de ser sorprendidos con una noticia fatídica sobre uno de los suyos, actualmente en estas zonas de guerra.

 

 RIOHACHA. ¿“Han sido muchas noches interminables y en vela para saber de mi esposo, que siempre ha sido asignado a trabajos de riesgo, y ha estado en combates. Él lleva 20 años en el Ejército. Esto es muy duro, uno piensa mucho y se pregunta: ¿Volverá o no? ¿Verá o no verá crecer a sus hijos? En una ocasión hablábamos por teléfono y me dijo que tenía que colgar porque los estaban atacando y no sabía lo que iba a pasar. Se puede imaginar cómo quedé yo. Y no solo es mi caso, es el desasosiego de todas las mujeres y madres de los militares. Ahora todas tenemos la ilusión de que esto se nos dé, que nuestros esposos salgan sin necesidad del temor que los maten o los secuestren. Ahora tengo un nuevo panorama, vamos a ser una familia más estable, sin pensar que en cualquier momento me podía quedar sin esposo y mis hijos sin su padre. Ojalá que todo esto sea el despertar de un nuevo día lleno de esperanzas y tranquilidad”.

SINCELEJO. “Mi hermano tiene 17 años de servicio en el Ejército. Él fue a pagar el servicio militar y decidió quedarse. Ha permanecido mucho tiempo en el Urabá, una ‘zona caliente’. La familia tiene claro que no queremos más guerra, vivimos pegados al televisor y al radio pendientes de las noticias de orden público, a la espera de una mala noticia, pero gracias a Dios Eduardo no ha resultado lesionado. Ya es hora de que se acabe el conflicto, queremos tranquilidad para mi mamá, nosotros siempre lo tenemos pendientes en oración. Queremos que haya paz”.

SAN PELAYO. “Saber que la guerrilla va a entregar las armas le da más tranquilidad a uno, y ojalá Dios ayude también para que los otros grupos al margen de la ley se decidan y encuentren eco en el Gobierno. Se necesita que los colombianos podamos gozar de un país más hermoso, sin guerra. Lo más importantes es que los padres de policías y militares estemos más confiados, hay que dejar atrás esos días y noches marcados por la zozobra y los malos presentimientos. Como padre de un militar, con la guerra nunca he estado tranquilo, pero con el proceso de paz ya la cosa cambia un poco”.

VALLEDUPAR. “Hemos pasado hasta 10 meses sin verlo, lo hacemos por video-llamadas, pero no es lo mismo. También pasamos un trago bien amargo cuando secuestraron a mi otro hijo, Itamar Benavides, que era del Ejército. Él estaba en el sur de Bolívar y venía para el 'Valle', y en el camino lo agarraron las Farc. Eso fue preocupante, uno no comía, pensaba en todo lo malo que podría pasarle. Mi hijo salió bien librado, pasó una semana secuestrado pues nunca dijo que era militar. Esos momentos del conflicto esperamos que sean cosas del pasado con la firma de estos acuerdos. Ahora la convivencia será más tranquila entre campesino, militares y civiles. Esto del asunto de la paz es interesante”.

CERETÉ. “Ojalá Dios lo permita y el Gobierno firme la paz y rápido, así se acabaría esta ansiedad y el miedo, pues por la guerra una no sabe si van a regresar vivos a casa. Si se acaba esta guerra sin sentido muchas madres estaremos en paz y dormiremos tranquilas por las noches. Yo he vivido la guerra en toda su intensidad, tengo desaparecido a mi hijo Diego Raúl Rozo, que desapareció en las aguas del río Leyva, en Guayabero, sur del Meta, precisamente en una operación antiguerrilla. Mi otro hijo gracias a Dios ha estado a salvo, pero siempre estamos con el credo en la boca por él”.

 

 

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