CRÓNICA | Volver y trabajar en su Carmen de Bolívar: José le ganó a la guerra
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En El Salado, en cada rincón que vivió la guerra en El Carmen de Bolívar, saben que su trabajo es un gran paso cuando soplan vientos de posconflicto. | AL DÍA
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Israel González

CRÓNICA | Volver y trabajar en su Carmen de Bolívar: José le ganó a la guerra

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Crónicas del postconflicto: Un nuevo comienzo se forja en las manos de las víctimas.

José Ibáñez Cañate, un agricultor al que la guerra le arrebató seis de sus seres queridos, recuerda cada punto de la vereda La Roma, en El Carmen de Bolívar, donde fueron asesinados los suyos.

También conserva en su mente los lugares en los que perecieron otros tantos conocidos, en la cabecera municipal. Su rostro, que protege del sol con una cachucha café que rara vez se quita, aún refleja algo de tristeza cuando habla de los tiempos malos.Aquellos en que el frente 37 de la Farc, otros temerarios del Bloque Héroes de los Montes de María y, hasta unos cuantos militares descarriados, sembraron el dolor derramando la sangre de inocentes.

Mientras recorre una loma que conduce que la vereda La Roma, en cuya cima se divisan cultivos de maíz y plátano, refiere que se salvó de morir por el nacimiento de su primer hijo.

Ibáñez recuerda que hace 30 años, el mismo día en que milicianos de las Farc se tomaron la vereda la Roma y la mancharon con la sangre de uno de sus tíos, bajó 20 minutos antes hacia la cabecera del pueblo porque un conocido llegó a avisarle que su esposa Oneida Romero Pedraza acababa de dar a luz a su primogénito.

La alegría de Ibáñez contrastó con la mala nueva que tuvo que afrontar el mismo día. Horas más tarde, cuando regresó a su parcela, se enteró del asesinato de su tío Jesús Cañate Márquez.

Atemorizado, con el peso de que también podría ser asesinado si se quedaba, Ibáñez no tuvo otra opción distinta que partir de su tierra. Sin embargo, no pudo llevarse a su familia. Su mujer y su primer retoño no estaban en condiciones de asumir semejante correría.

Un amigo que trabajaba en el hospital de El Carmen lo ocultó en una ambulancia y lo trasladó hasta San Juan Nepomuceno. Una vez allí, cuando las piernas aún le temblaban, partió en un bus hacia Riohacha, en La Guajira.

Allí vivió siete meses, lejos de su familia y sin decir que provenía de El Carmen de Bolívar porque cargaba con el peso del estigma con el que en ese entonces eran vistos los carmeros que salían de su tierra.

Ibáñez recuerda que fueron tiempos de dolor en un lugar que no conocía. Mientras tanto, El Carmen de Bolívar, sus corregimientos y veredas, eran dominados por la guerrilla. A tal punto que cuando alguien era asesinado, como ocurrió con su amigo Pedro Rodríguez Causado, no había autoridad capaz de hacer el levantamiento del cadáver y llevarlo a Medicina Legal.

Hasta a la fuerza pública le daba miedo toparse con los milicianos en el camino, recuerda. Eran los labriegos, quienes montados en sus burros de carga, llevaban los cuerpos de los suyos desde el área rural hasta la cabecera. Duraban largas horas hasta que finalmente llegaban a la estación de Policía de El Carmen y contaban sus penas a las autoridades.

Luego los sepultaban entre llantos y pesares. Para Ibáñez en los tiempos de la guerra la muerte tocaba la puerta en cualquier momento. Así, en un abrir y cerrar de ojos, le tocó ver cómo familiares fueron asesinados por el solo hecho de vender lotería o trabajar lavando ropa.

A dos de sus primos los mató la guerrilla porque, como debían recorrer largos trayectos para poder vender los billetes de lotería, los tildaban de informantes. Su hermana fue asesinada por paramilitares que le acusaban de lavarle ropa a guerrilleros.

LOS TIEMPOS DE PAZ Y TRABAJO

Jose Ibáñez, con 52 años, confiesa que la guerra le dejó huellas imborrables. Cicatrices que tiene presentes cada vez que recuerda a los que ya no están. Pero también alza su cabeza porque considera que lo peor ya pasó y hoy prefiere trabajar de cara al posconflicto.

Está de nuevo en El Carmen de Bolívar, la tierra que lo vio nacer. “Uno puede sacrificar lo que sea por la paz. Aunque aún hay mucho dolor, el país está afrontando una posibilidad histórica y pienso que es lo mejor que nos puede pasar”, sostiene Ibáñez.

En la actualidad, tras dejar atrás los pesares, José Ibáñez lidera junto a un grupo de amigos un proyecto de emprendimiento laboral con el que ha sacado adelante a su familia. Se trata del proceso de la apicultura, que consiste en la extracción calificada de la miel de abejas para su comercialización.

Ibáñez lidera una cooperativa y, conporque considera que lo peor ya pasó y hoy prefiere trabajar de cara al posconflicto. Está de nuevo en El Carmen de Bolívar, la tierra que lo vio nacer. “Uno puede sacrificar lo que sea por la paz. Aunque aún hay mucho dolor, el país está afrontando una posibilidad histórica y pienso que es lo mejor que nos puede pasar”, sostiene Ibáñez.

Ibañez lidera una cooperativa y, con clientes que han logrado adquirir, la miel de abejas es vendida en tiendas y almacenes del pueblo. Sin embargo, dice que aún tiene retos junto a sus compañeros, como obtener una certificación de calidad que les permita expandirse en el mercado nacional. Ahora le apuntan a las grandes cadenas.

“La paz debe incluir un componente social y esperamos que, con los recursos del posconflicto, los microempresarios y agricultores que hemos sido víctimas de la violencia forjemos paz por medio de nuestro trabajo”, puntualizó.

LA CHEPAROCINA, TODO UN REFERENTE

Si José Ibáñez y sus grupo de amigos buscan forjar paz por medio de la apicultura, Miguel Ramiro Díaz hace su aporte hacia el posconflicto por medio de la generación de empleo que le permite su fábrica de chepacorinas.

Es un negocio de 70 años, célebre por la fórmula que inventó para sus galletas doña Josefa Corina Ríos, y que se ha convertido en un referente gastronómico en la región de los Montes de María. Según Ramiro Díaz, cuando la guerra imperaba el temor que sembraban las extorsiones a los comerciantes era un verdadero dolor de cabeza.

Los propietarios de negocios sentían miedo de contestar sus teléfonos para no escuchar las voces de quienes les exigían ‘vacunas’. Pero hoy las cosas han cambiado para bien.

Según Díaz, su negocio dispone en la actualidad de ocho trabajadores que han sacado adelante a sus familias. Las chepacorinas son muy apetecidas y pueden producirse hasta unas 2.000 diarias. Hay quienes las compran porque es un postre que no puede faltar en sus casas. Otros que, inclusive, las llevan al extranjero porque sus familiares se las piden cuando viajan a visitarlos. Dicen que tiene un sabor incomparable cuando se comen lejos de la tierra.

“Esperamos que, con el posconflicto, se den buenas alianzas entre la Gobernación y el Sena que nos permitan cualificar mucho más nuestras empresas. El empleo es una de las muchas garantías de paz y por eso así lo hemos entendido”, asegura Díaz en su fábrica.

Cada rincón está impregnado por el olor de la harina, el queso y la leche que hacen parte de los productos. No solo hay chapacorinas. También hay casadillas y rosquillas dulces.

UNA COMBINACIÓN DE HAMACA Y MECEDORA

Nairo Catalán Gracia, quien vivió la masacre de El Salado, hoy teje entre sus manos la esperanza de todos aquellos que decidieron sobreponerse al pasado y emprender un nuevo proyecto para sus vidas. Catalán aprendió la elaboración de lo que hoy se conoce como ‘hamadoras’, una mezcla de hamaca y mecedora, que son comercializadas en todo el país.

Las hamadoras tienen un costo promedio de $300.000 y surgieron como una iniciativa de un arquitecto del interior del país, que capacitó de forma gratuita a habitantes de El Salado que se interesaron en aprender sobre la fabricación del producto, que fue liderada por una casa editorial del país.

Como Nairo, quien pasa buena parte de su tiempo entre tirillas de colores y tubos que une con su máquina de soldadura, también son muchos en El Salado quienes han decidido forjar trabajos u oficios que les permitan obtener el sustento de sus familias y así aportarles estabilidad a sus vidas.

Cuando se habla de paz, unos tejen ‘hamadoras’. Otros, después de una larga sequía, comienzan a retomar sus cultivos de tabaco. Ellos, en El Salado, en cada rincón que vivió la guerra en El Carmen de Bolívar, saben que su trabajo es un gran paso cuando soplan vientos de posconflicto. Así quieren vivir. Así lo quieren para sus nuevas generaciones.

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