El drama de las “muleras”, las jovencitas que se prostituyen en los Montes de María
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Son cerca de 16 niñas, 25 jóvenes y cuatro transgéneros quienes ofrecen sexo a cambio de dinero, sobre la Troncal, en la región de los Montes de María. Las llaman las ‘muleras’. | AL DÍA
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Vicente Arcieri Gutiérrez

El drama de las “muleras”, las jovencitas que se prostituyen en los Montes de María

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Se ubican al lado de la carretera y se dedican a hacer de los camioneros sus clientes.

"En mi primera vez sentí mi moral por el suelo. Lo hice por dinero, lo reconozco. Y fue servicio completo. Fue terrible”. Tiene 19 años, es María*, un joven transgénero de El Carmen de Bolívar, corazón de los Montes de María.

Con las primeras penumbras de la tarde, María se “emperifolla” para encontrarse con las demás chicas en la carretera Troncal de Occidente, a esperar a los camiones y las mulas.

Su madre cuando la ve atravesar el marco de la puerta, la queda mirando, tragando un dolor en seco que le invade el alma y que la está consumiendo.

No sé dejó ver ante los reporteros. Apenas aceptó contar por celular apartes de su vida a AL DÍA.

Son, como ella, en El Carmen de Bolívar, y según ella misma dice, unas 16 niñas, 25 jóvenes y cuatro transgéneros las que se dedican a las noches equívocas. Las hay de 15 años, de 16, 19 hasta 22.

La región de los Montes de María, que es considerada símbolo del posconflicto en el territorio nacional, afronta retos importantes como el de la prostitución de jovencitas.

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También hay en San Juan Nepomuceno y San Jacinto, municipios vecinos de El Carmen. Unas viajan a San Juan o al sitio donde esté mejor “el negocio”.

Las conocen como las ‘muleras’. Pero apenas son unas ninfas atrapadas en esta dura vida de peligros. Al nuevo día vuelven a ser las mismas. Después se transforman.

Se colocan en grupos a la vera de la vía. Los camioneros paran y las recogen a su gusto y se las llevan. Las tarifas van de $30.000 a $50.000 por el servicio. El sexo oral es el de menor precio. Algunas lo hacen en la misma cabina del camión. Otras las llevan a hospedajes que están en las orillas de la carretera. Pueden tener hasta cinco clientes por noches.

En El Carmen de Bolívar, las autoridades han dado a conocer la implementación de estrategias para ayudar a las jóvenes.

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María cuenta que para hacer parte del grupo de las muleras, se debe ir apadrinada por una de las que ya tienen tiempo trabajando. Esta le hace la inducción y le advierte las reglas que rigen.

Todas viven en barrios necesitados. Provienen de hogares en crisis. O donde los padres tienen que salir temprano a buscar cómo ganarse la vida sin poder controlar la formación o actividades de sus hijos. Hay días que pasan sin qué comer. Días lúgubres y largos.

María piensa que la prostitución es la única alternativa que tiene, porque por su condición de transgénero ha sufrido discriminación y no cree que alguien le pueda dar una oportunidad de trabajo digno. Parece que lo tuviera claro.

Le teme al Sida, a las enfermedades venéreas, pero asegura que se cuida con preservativos. Al igual que las niñas que la acompañan.

Para el alcalde de El Carmen, Rafael Gallo, lo de las adolescentes de la carretera es un asunto “muy complejo”, que se remonta a los tiempos de la violencia, hace más de una década.

Según el mandatario, hace varios años El Carmen fue un municipio próspero, que vivió la bonanza del tabaco y más recientemente del aguacate. Ambos productos se extinguieron y llegó reciente-mente la sequía. Ya todo es distinto.

Por temor a contagiarse de enfermedades venéreas las llamadas ‘muleras’ dicen que siempre usan preservativos.

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Vinieron los días aciagos de la violencia y el municipio, y en especial la zona rural, quedó sumido en una profunda crisis que tocó a muchos hogares. La guerra dejó a decenas de huérfanos, a campos desolados, a viudas y pobreza.

Muchas mujeres quedaron solas criando y formando a sus hijos, en medio de la miseria, de la desesperanza.

El Alcalde explica que “los problemas económicos que vivían los núcleos familiares obligó a algunas niñas a buscar el dinero de esta manera, para sobrevivir”.

Aseguró que para hacerle frente a una situación social como esta se requiere de un presupuesto muy alto que el municipio no cuenta y del compromiso del Departamento y del Gobierno nacional.

“Se deben atender a las juventudes con programas claros y serios para sacarlas de estas crisis que están afrontando”, dice el Alcalde.

Por su parte la Secretaría de Salud, en cabeza de Javier Luna García, dice que esta problemática no es fácil solucionarla. Reconoce que ha ido aumentando con el paso del tiempo.

Según dijo, en estos momentos se trabaja con el apoyo de talleres en la zona para sacar a las niñas de esta vida oscura en la que cayeron por cuenta de la pobreza y el abandono que sufren.

El alcalde de la pasada Administración municipal, Francisco Vega, también trató de llegar al fondo del problema y evitar que más niñas cayeran en esta vida.

Desarrollaba brigadas en las noches para convencerlas de que tenían el camino equivocado y que había que ensayar otras alternativas por cuanto sus vidas estaban en riesgo.

También hacía campañas con los hoteleros de la zona para que impidieran el ingreso de menores de edad con adultos para tener sexo en estos hospedajes.

Sin embargo, la batalla parece perdida. Más niñas salen a la carretera para ir y venir por las noches en los camiones hasta juntar unos pesos y llevar a sus casas donde poca comida hay en la cocina y amor y calidez de hogar en los corazones de quienes las habitan.

María dice: “Es lo más fácil, porque necesitamos dinero. Uno depende de una misma”.

*Nombre cambiado

Este texto hace parte de nuestros especiales de Voces del Postconflicto

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