Lleva 35 años pagando una ‘condena’ por amor a los demás
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Para Mamá Ema, el voluntario al que se somete a diario, más que un castigo es un bendición.
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Redacción ALDIA

Lleva 35 años pagando una ‘condena’ por amor a los demás

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Su nombre es Emaron de Sabibi, pero todos la conocen como Mamá Ema, la matrona de las cárceles de Cartagena.

Mamá Ema es una mujer menuda y robusta, pero fuerte y valiente. De piel canela y ojos provocadores, tiene una sonrisa inmarcesible y sus carcajadas pueden escucharse retumbar alegremente como si los años en vez de quitarle fuerza, le hubieran dado más vida.

A primera vista es increíble que en esos 1.45 cms. de estatura quepa un corazón tan grande y una voluntad tan férrea, que la haya hecho capaz de enfrentarse a las autoridades con tal de hacer valer los derechos de esas personas que para muchos son casos perdidos por los que nadie apostaría, los presos de la ciudad de Cartagena.

Los mismos a los que decidió adoptar por igual y abrazarlos desde el alma, como la deidad hindú Vishnú, que es la diosa de la preservación y la bondad, principal deidad del Vaisnavismo que tiene además cuatro brazos, y a la que Mamá Ema quiere imitar con solo dos, con los que ella asegura que es capaz de abarcar por igual y con el mismo amor a sus nietos, que a los asesinos y criminales más peligrosos y sangrientos que pagan condena en estos establecimientos carcelarios de la Heroica.

Como hace tres años cuando llevó el cadáver de la madre de un interno hasta el patio donde se encuentra pagando su condena en la Cárcel de Ternera, ante el desafío del director del penal que le prohibió la salida al reo para darle el último adiós a su progenitora.

“Él me dijo que le trajera el cadáver hasta acá, si era que yo quería que el muchacho se despidiera de su mamá, pero que no lo dejaba salir del penal. ¡Ajá! y yo ni corta, ni perezosa, se lo llevé hasta la puerta de Ternera, y no solo tuvo que dejarlo entrar, sino que también permitió que el muchacho llorara a su madre y compartiera con su cadáver unos minutos a solas. Poco después fue a visitarlo y me dijo que ese día él pensaba quitarse la vida, pero cuando vio de lo que yo fui capaz, y que le cumplí su promesa de despedirse de su mamá. Pensó que el mundo todavía valía la pena”, relató Mama Ema.

Su nombre real es Emaron de Sabibi Alí Gaín Aparicio, y su origen hindú fue solo una casualidad del destino, pero se siente tan cartagenera como la arepa de huevo. Su papá llegó a Colombia por error cuando abordo un barco procedente de su natal Calcuta, en la India, para supuestamente llegar hasta Cartagena, España, a hacer una mejor vida, pero a donde realmente llegó fue a Cartagena de Indias, y se quedó en la Heroica, y de su amor con una cartagenera nació Mama Ema, la matrona de las cárceles de la ciudad.

La única que puede entrar como ‘pedro por su casa’, incluso sin ser requisada a los centro carcelarios que existen en Cartagena, cualquier día, a cualquier hora.

“Mi mamá era una negra nativa de apellido Aparicio que cautivó el corazón y de mi papá y lo hizo desistir de su idea de vivir en el viejo continente, de eso hace más de 100 años”, relata emocionada Mamá Ema mientras sonríe iluminando el patio de su casa donde desde una mecedora evoca los recuerdos de su infancia, el olor de la comida hecha por su padre y ese fatídico día en que se quedó viuda y perdió el sentido de su vida, sumiéndose en una profunda tristeza que la impulso a buscar una nueva alternativa para seguir existiendo.

Fue entonces cuando escuchó sobre la existencia de un voluntariado de rehabilitación carcelaria que fue creado por unas damas del Distrito, y decidió dedicar el resto de sus días a esa labor social que hoy a sus 85 años sigue efectuando sin reparo, y sin cansancio en los dos centros penitenciarios de la ciudad, todos los días.

“Yo paso 14 horas del día al interior de las cárceles de la ciudad. Mi mayor motivación para hacer esto fue la soledad, cuando muere mi marido yo tengo 50 años y mis hijas ya se habían casado y no vivían conmigo. Entonces pensé en que tenía que buscar algo en que ocuparme y me metí al voluntariado”, rememoró.

“Cuando empezó éramos diez y poco a poco solo fui quedando yo, que sigo y seguiré en esta cruzada hasta que Dios me recoja. Mi labor es de acompañamiento: soy su profesora, sicóloga, amiga, madre, hermana, compañera y hasta confidente de muchas y muchos de ellos que por esas circunstancias de la vida, están en cerrados”, aseguró la matrona.

Pero entonces la encrucijada era qué podría enseñarles a esa personas una ama de casa viuda, sin muchos conocimientos técnicos o profesionales y recordó como su padre, el hindú comerciantes de telas y enseres, le enseño desde muy niña el arte de coser y bordar a la usanza hindú, conocimiento que decidió compartir con los convictos que encontraron en ella y en sus consejos, no solo una arte manual que los enriquece lucra y entretiene y le aporta a diario una razón para seguir viviendo sus vidas, aun en el solitario encierro de una fría celda.

“Me puse a pensar un día que de alguna manera cuando uno teje o cose, construye algo nuevo a partir de la nada y se me ocurrió inventarme una charla, para explicarles a ellos y ellas como desde la nada podían reconstruir sus vida, así como eran capaces de confeccionar un accesorio o un bolso, que son los artículos que las internas de San Diego venden, y los que más ha tenido éxito a nivel económico para ellas. Porque esos recursos son para ellas mismas, entonces sienten que trabajan por algo y hasta pueden desde lejos aportar para la manutención de sus familias. Así le es más fácil pasar la vida encerrado. De eso no me cabe la menor duda”, explicó.

“Escogí enseñarles a tejer porque es lo que mejor sabía hacer, pero poco a poco me fue capacitando en otras cosas y le enseño también a bordar, a coser e incluso a cocinar. Yo soy su confidente, amiga y hasta alcahueta cuando se trata de buscar un beneficio que consiga hacerlos felices. Cuando uno está encerrado, porque yo digo que lo he estado por 35 años, aunque sea de manera voluntaria. La vida se vuelve una pesadilla y al perderse el valor más importante que tiene un ser humano que es su libertad, uno solo puede pensar en la muerte. Pero eso es lo que yo trato de evitar, que acaben con sus vidas, y se den una nueva oportunidad para ser mejores y felices, aún encerrados”, puntualizó.

Con información de: Ana María Ortega N.

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