De las pelucas genitales y otros males: Vergonymous
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El enredo parecía tan espeso como para trabar una máquina de afeitar | College Time
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Vergonymous

De las pelucas genitales y otros males: Vergonymous

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Si busca a Angelina Jolie en una entrepierna, corre el riesgo de encontrarse con Fidel. Una tarántula de vellos púbicos mata unos dedos curiosos. Pese a las cremas y la depilación con láser, algunas sobreviven.

¿Ha descendido por una entrepierna femenina buscando una Angelina Jolie, y se ha tropezado con un Fidel Castro?

Explorar el pubis para bañarse en los labios carnosos de Angelina, para terminar enredándose en la barba hirsuta de Fidel. Hay que pasar por eso para entender que los llamados ´pendejos´ no son cualquier pendejada. 

Esas y otras experiencias con los vellos púbicos femeninos son señales iluminadoras, que eventualmente guían a un hombre a tomar la intrépida decisión de rasurarse las huevas. Sí, el laser le resuelve la vida a muchas, pero otras tantas andan por ahí sembrando traumas. Dejan que crezcan libres, fuertes, esponjosos, abultándoles los pantys.

El impacto de toparse con una vagina barbuda concientiza a cualquiera sobre la importancia de cambiar su propio look genital, bajo el signo de la funcionalidad sexual. “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”, dice la frase popular en la que degeneró el imperativo categórico de Kant.

Aunque los días de piscina y playa (y sexo subacuático) se van convirtiendo en un asoleado recuerdo, dejan imágenes que ratifican la trascendencia de una adecuada depilación de la entrepierna. Gracias a los bikinis, en vacaciones la zona íntima femenina no lo es tanto. Quedan a la vista de cualquier mirón los granos, puntos negros y rasguños que aparecen rodeando esos triángulos cargados de placer, apretados bajo el vientre, ocultos tras telitas fosforescentes.

El sarpullido que bordea el bikini de manera ocasional es peor a la irritación que surge cuando uno se afeita el cuello y la barbilla.

Los granitos y cañones que rodean la tanga no son un asunto grave. Quizá un indicio, de que esa que está mirando en otras temporadas anda con estilo Fidel. Lo peor que puede pasar, es que una vendedora de gafas de sol de ‘Ópticas el icopor’ le recomiende públicamente que se frote con leche de magnesia. O que un desprevenido crea que le pegó una venérea a la novia.

Las verdaderas enseñanzas que, a las malas, transmiten las mujeres sobre la importancia del cuidado del vello púbico, provienen de otras dos situaciones: el paso por el monte recién podado, y el encuentro cercano con Fidel.

Las “pelucas” genitales ayudan a explicar la existencia de un grupo poblacional denominado lascalienta-huevo de ocasión”. Piénselo. Está a punto de enterrar su bandera en un terreno que encontró casi espontáneamente. Una oportunidad única. Pero no sucede. Quizá porque la dueña del terreno no lo tenía podado, se avergonzó, y después consideró que “no convenía”.

Caso de la vida cotidiana: Ella tenía como 22 años, 6 meses de conocerme, 5 cervezas encima, un par de canciones bailadas pelvis contra pelvis, y cerca de 10 minutos negándose a ir a un motel, sentada en mis piernas. La rumba se acabó.

En el taxi vuelven los besos, se aceleran las lenguas y jalones de cabello. Empuña mi palanca por encima del jean. La noche se compone. Tras recorrer el brasier, excavo con la mano por la abertura superior de su short. Muevo la blusa, corro la tela, me abro paso hacia abajo. Pero apenas comienzan a ingresar los primeros dedos, el avance es detenido por una áspera maraña de pelos que se desbordan. La sensación es la de tocarse la barba cuando ya lleva más de una semana ameritando ser cortada. Hacia abajo el pelo es más tupido, grueso. El enredo no deja pasar. La noche se descompone.

Estaba saliendo con la hija de Sansón y no sabía. Quedé frío. En la oscuridad del taxi, atrapado aún entre sus mechones vaginales, me sentía como ‘La mano peluda’, uno de los monstruos que les inventan a los niños. A ella prefiero no imaginarla en ropa interior ni en bikini... Veo un nido de palomas con una venda atravesada encima. O una araña apresada en la coyuntura, cortando el paso hasta su cueva húmeda.

Plantea muchas preguntas una entrepierna así, como una axila descuidada; tal vez oliendo como tal.¿Cómo sembrar el árbol entre esos matorrales? Clavarla allí sería como jugar “encuentra el tesoro”. Toda una aventura de misterio en la selva.

El enredo parecía tan espeso como para trabar una máquina de afeitar. La libido se salió por la ventana. Adios erección. Mi pene no tiene vocación de machete. En ese momento solo deseaba una tijera, para hacerle un bien a la humanidad.

Cuando una v.agina así de frondosa es deforestada con métodos rudimentarios, viene el segundo de los problemas. Al día siguiente de que le pasen la cuchilla de afeitar, los nuevos troncos emergen gruesos. La tala indiscriminada de vellos provoca que crezcan con más fuerza. Son como diminutos taches de guayos, regados en la superficie del triangulo acolchado. Y te patean la verga.

A ella le gusta rozarse contigo, que porque la estimulación vaginal externa es una sabrosura, que ahora penetras y tales. Y te coge el pene cual desodorante roll-on y se lo restriega de arriba abajo, y te corta, y te raspa, porque tiene la piel igual a una lija para deshollejar paredes.

Los incipientes vellos son filosos; forman una especie de rallador en el cual es sacrificada y hecha trizas nuestra carne más sensible. Pero ella está feliz, con la cara de poseída que le querías ver. Así que a aguantar. Vale la pena la fracturada. El problema vendrá después, cuando vayas al baño y mires a la cara a tu mejor amigo. Lo encontrarás rojo, apaleado, abatido, como si hubiera caído por las piedras desde un risco, el Monte de Venus. El buen sexo duele por dos o más días, te dirás seguro.

Estos son los dos looks problemáticos, el Fidel y el Skinhead. Igual se gozan, pero mejor los otros. Sexy una vulva totalmente depilada, tersa, que deje ver los labios en todo su regordete esplendor y el pudín del pubis entero. Sexy una de vellos finamente recortados, rebosante con una capa de hebras delgadas encima; una cuidadosa poda para adornar la hendidura. Sexy una figura de un triangulo bajito, delimitando apenas el bikini. Se ven más empapadas, sin el matojo absorbiendo todo.

El más provocador es el de la delgada línea. El equivalente al bigote vaginal. Ese que deja apenas un trazo de vellos, sobre el surco por donde entraremos y chuparemos. Permite total visibilidad. Una rayita corta, coronando el clítoris. Deja despejado todo lo demás, limpio el corredor estrecho que se hunde, da la vuelta y sube hasta el coccix. La línea de hebras marca el recorrido que hará la lengua. Apunta al sitio indicado para sumergirse. La vellosidad no obstaculiza la lamida; son como pelos de mango.

Igual por ahí se va, sea hippie o calva. Sin embargo, saltan a la vista las ventajas de la depilada. La pelambrera solo oculta ese hermoso y vibrante núcleo de poder a través del cual las mujeres nos dominan. ¿Le pondría pelos a las tetas? ¿Le pondría pelos a una flor? Como ropa, los vellos tapan lo que hay que ver. Parece imposible que alguien pueda preferir el look selvático, a menos que quiera saciar una fantasía reprimida con Leonel Álvarez.

Además, cualquiera con tres dedos de verga eligiría a Angelina Jolie sobre Fidel Castro.

Vale. Quizá a algunos les excita que su barba se les enrede allí abajo frente a los pliegues de su pareja. O son románticos que prefieren ser fieles a lo primitivo. O son retro, con el delirio de hacer el amor con una hippie seguidora de la Hair-Peace de Lennon. O les gusta espulgar la manigua. O les gusta que la melena ensortijada les produzca cosquillas en pleno coito. O jugar a entrelazar sus dedos entre los rizos. O son castristas, y buscan una revolución contra la depilación laser, las cremas y las cuchillas por ser símbolos capitalistas. O son hombres que prefieren no ver por donde la meten; reconozcamos que la v.agina abierta no es muy bonita.

“La mitad de la belleza depende del paisaje, y la otra mitad del hombre que lo mira”, tuiteó Lin Yutang por allá hace más de 40 años.

Por ejemplo: en esta obra de Gustave Courbet a usted puede parecerle que está ante una tarántula, una choza indígena o una v.agina pirata. O quizá vea el más bonito de los peluches. 

La pintura se llama: L’origine du monde. En otras palabras: el origen de toda esta mondá.

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