“De paseo entre prostitutas” con Vergonymous
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Con docenas de culos bien formados al alcance de la mano, resulta más fácil olvidar las penas, enceguecerse de morbo y celebrar la vida | Archivo
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Vergonymous

“De paseo entre prostitutas” con Vergonymous

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"Muchos pasan amanecidas enteras con ellas y nunca llegan a tener sexo. Van a hacer turismo..."

Los hombres no siempre vamos a los prostíbulos a fornicar. A veces solo vamos a emborracharnos ahí, rodeados del paisaje de tangas y ligueros.

No todo el que va adonde las prostitutas termina metiéndosela a una. Muchos pasan amanecidas enteras con ellas y nunca llegan a tener sexo. Van a hacer turismo a los ‘peluchódromos’, en misión de observación diplomática; a mirar y mirar y solo mirar el rebosante paisaje.

Las cordilleras de nalgas y senos, los valles de tangas y hendiduras, son sin duda uno de los mejores panoramas para emborracharse.

Los prostíbulos también son conocidos como Puticlubs o puteaderos, según su calaña. Pero peluchódromo se ajusta más a lo que realmente sucede: un desfile de peluches ante una audiencia ávida.

Con docenas de culos bien formados al alcance de la mano, resulta más fácil olvidar las penas, enceguecerse de morbo y celebrar la vida. Bien lo debe saber el esposo de la canciller María Ángela Holguín, a quien se le atribuye haberle inspirado la frase de que “donde hay un hombre, hay prostitución”.

Ella lo dijo para apaciguar una tormenta de sensacionalismo, en torno al hallazgo de que miembros del servicio secreto estadounidense entretuvieron sus miembros con p u t a s en la visita de Obama a Cartagena. Los medios se han ensañado de tal forma, que parecen más interesados en descubrir el tamaño de los pantys de las ‘sexoservidoras’ involucradas, que averiguar si en la Cumbre de las Américas se firmó algo, cualquier cosa, aparte de recibos de burdeles.

Lo que escandaliza de los agentes con las ‘meretrices’, lo que de verdad tiene indignado al mundo, es el descubrimiento de que las querían estafar. Porque ‘cuchuminas’ debe haber hasta en el Tibet, solo que las llamarán sacerdotisas de la ordeñada o algo así.

La Canciller tenía la boca llena de razón, cuando intentó restarle importancia al episodio (a costa de dejarle deducir al mundo que su esposo es un putero viejo). Hay temas más graves que el hecho de que agentes gringos hayan encontrado las prostitutas que llegaron buscando; como que Shakira haya cantado mal esa cosa sagrada y de imprescindible utilidad que es el himno nacional. O que en la víspera de la Cumbre se haya reglamentado la entrada en vigencia del TLC, incluyendo normas de restricción a derechos de propiedad intelectual que bien podrían hacer inviable blogs como este.

Sí: hay p u t a s,p u t a s everywhere. (No confundir con trabajadoras sexuales, que son las actrices porno). La frase de Holguín se inscribe en el listado de grandes aforismos colombianos, como “la corrupción es inherente a la condición humana”, by Nule; “es mejor ser rico que pobre”, by Pambelé; “no aumentaré los impuestos”, by Santos.

Sin embargo, no es totalmente cierto que donde haya hombres siempre habrá prostitutas. Ya quisiera usted que fuera así, pero a veces llegará a sitios en los que sufrirá la falsedad de esa premisa. Imagínese que lo mandan a hacer un trabajo en un pueblo que se llame Chaspundún, Tepuyoelano, Repelón, Chupamestepenco o algo así. Nada de p u t a s. Burras, como mucho.

Además, las prostitutas son más que un polvo ilegal. Las están cosificando.De acuerdo con una investigación exhaustiva de Vergonymous, a los ‘peluchódromos’ no siempre se va a comer ‘peluches’, muchas veces se va a satisfacer el apetito visual admirándolos. El objetivo de esta entrada es aclararlo; además de ganar visitas sobreexplotando el tema trillado de la semana, antes de que se pierda en el olvido ante el penal que Sergio Ramos lanzó a los extramuros de la realidad.

Cualquiera que haya ido a un burdel estará familiarizado con la tribuna de mirones que los caracteriza. O ha formado parte de ella (como yo). Hay más turistas que usuarios; en algunos casos por tacaños o líchigos, y en la mayoría por miedos y contradicciones moralistas.

Con una cerveza y una cara de complacencia contenida, se busca tender un puente para cubrir la insalvable distancia entre el impulso instintivo natural y las inhibiciones tatuadas en la conciencia; arraigadas tras toda una vida de imposiciones y restricciones. No es descabellado calcular que de los 12 agentes del servicio secreto, unos 6 habrán agarrado apenas una teta en Cartagena.

El sancocho de ojo está servido para todos en el prostíbulo. El sancocho de carne, lo está para el que pueda pagar y tenga el cinismo suficiente para librarse de la culpa con solo sacudirse la verga.

Se suele llegar allí después de que cierran las discotecas, si no levanta ni el polvo (en sentido literal). O cuando las parejas que acompañaban la rumba desde el principio, se terminan yendo temprano a sus casas por X o Y excusa: debo madrugar, tengo cólicos, estoy monstruando, etcétera. Ese abandono sirve de combustible. De cualquier lado suena un “vamos para donde las p u t a s”, e inicia la procesión al templo de tangas brasileras y ligueros. 

69 de cada 100 rumbas masculinas termina donde las ‘niñas malas’ que hacen cosas buenas.

Adentro, ante la selva de vaginas y pezones que se debe sortear a punta de ‘mondacazos’, hemos tipificado el surgimiento de 4 actitudes de exploración distintas:

1. Conversador paganini:Hay quienes llegan al prostíbulo y se pasan todo el rato sentados, con una prostituta a cada lado, hablando y hablando sin el menor atisbo de lujuria. Les brindan trago, se ríen con ellas, les cuentan su vida. Les ofrecen maní, ron, coca-cola, cigarrillos, lo que quieran. Y, como mucho, le ponen una mano sobre la rodilla. Nunca se las llevan a la cama. Compran y compran trago. Suelen ser los que más dificultad tienen para atraer la atención de una mujer en otros escenarios; para los que resulta imposible que una chica se le siente al lado a hablar si no le paga. Suelen intercambiar teléfonos, y salir relatando las historias que acaban de escuchar; convencidos de que hubo “cierta química” con esa que se emborrachó en nombre de su bolsillo.

2. Culebrero-parlero: Es una variante del conversador, solo que este no les financia alcohol a las prostitutas, y se ha trazado la misión de metérsela sin pagarles un peso. No siempre lo logra. Sin embargo, en el proceso les acaricia los senos, les mete la mano bajo la falda, les palmotea las nalgas cuando se levantan. Las saca a bailar, hace simulacros de penetración con ropa al ritmo de reggaetón. Les habla de grandes proyectos o dramas imaginarios, para ganarse su amistad y hacerles creer que le gustan. Confía que, en la borrachera, alguna se lo de gratis. Su artimaña suele ser la promesa de llevarla a su apartamento, o salir al día siguiente sin límite de tiempo.

3. Mirón errante: Compra una cerveza, una sola que durará para siempre, y se dedica a merodear el sitio con los ojos bien abiertos, girando la cara rápido como una paloma. Después de caminar y propiciar tropezones y rozadas, se queda largos ratos quieto en la barra, admirando la figura semidesnuda de la que más le guste. Espera el momento de un striptease, entonces se sienta y cruza los dedos para ser uno de los afortunados que reciba un masaje vulvo-nalgo-facial. Cuando tiene suficiente material para ir a hacerse la paja, se va a casa con la conciencia tranquila.

4. Proyecto de cliente fiel: Es una especie más escasa. Es el que llega a tomar como si no hubiera un mañana, agarrándole el culo y todo lo que se pueda a la prostituta a su lado y a las que pasan. A mitad de la jornada se la lleva a la cama. Luego regresa a seguir la parranda con ella y otras. Los amigos solo lo miran, y él es feliz con 4 tetas rozándole la cara. Su flacidez es lo de menos. Se embriaga tanto que pierde todo sentido estético, y termina bailando “Eso en 4 no se ve… tú tienes una linda yo feas tengo 3”, con señoras que encarnan la canción a plenitud. Su clímax es emular un video de reggaetón. Así mañana el guayabo incluya el profundo e irreparable dolor de un hueco en el bolsillo. Baila, brinca, se descamisa, hasta que sus amigos lo cargan porque no consigue mantenerse en pie. Es fácil imaginarlo dentro de unos años, anquilosado en los rincones abrazado a alguna chica de la penumbra, igual que los viejos barrigones que ya parecen parte del decorado.

Estas son solo 4 categorías de las muchas que demuestran que las p u t a s no son solo el recipiente de la desfachatez masculina. A veces, solo ofrecen un paisaje erótico idóneo para tomar cervezas y terminar una sesión de bebida entre amigos. Lo saben los que van a la playa: importan tres-tiras-de-verga-de-perro las evocaciones poéticas a la inmensidad del mar y el sol, lo esencial son las tangas y su pequeñez. Así mismo, en un burdel es un gran aliciente estar viendo culos y morboseando impunemente a toda la que pasa por el frente.

Rincones apretados dejando asomar carne rebosante, cuerpos esculturales, toqueteos fulminantes sin compromisos. Se trata de un interludio visual, para luego volver felices al compendio de imperfecciones arrechantes de esa que de verdad queremos, y llamamos novia o esposa.

Lamentablemente, en donde hay hombres no hay siempre prostitutas. Si así fuera, habría un MinP u t a s en la Casa de Nariño; una Comisión de Asuntos Putísticos; una Superintendencia de Culiandangas; Ferias de Asocolp u t a s con descuentos y planes de suscripción; habría un Vente-a-estar con la P u t a en las universidades,  y un departamento en cada empresa llamado: Gestión del Polvo. (Un putero puede soñar)

La prostitución sigue siendo un servicio secreto (a voces). Quien reconozca haber pagado por sexo arde en la hoguera moral. En cambio en el rol de observadores-exploradores, la conciencia no se mancha tanto.

No se reduce la mujer a un objeto sexual; no se degrada algo tan bello e íntimo como debe ser el sexo; ni se apoya una actividad en la que son explotadas miles de mujeres en el mundo, socavando la dignidad de toda la especie humana por los siglos de los siglos; ni se reafirman moldes histórico-sociales de sometimiento y victimización, etcétera etcétera…. Es liberador al autoengaño de que una cosa es ir a ver los toros, y otra muy diferente es ser el que lo atraviesa con una espada.

Si nada más mira, el visitante del ‘Peluchódromo’ se escapa de todas esas culpas. No es él quien se aprovecha de esas jóvenes esbeltas de caras bonitas y vidas tristes, que no encuentran otra forma de subsistencia que sacarle el jugo a su entrepierna a cambio de un par de billetes. Solo contempla cómo lo hacen otros, para entretener sus respectivas entrepiernas.

Como el equipo de Vergonymous cuando hacía la investigación para este texto.

Por cierto, en Cartagena están las más buenas.

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