Hija del juglar Abel Antonio Villa mantiene su legado
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Aida Luz al lado de su padre Abel Antonio Villa.
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Redacción ALDIA

Hija del juglar Abel Antonio Villa mantiene su legado

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Es la única de esta dinastía que se inclinó por el canto. Sus hermanos son acordeoneros.

La samaria Aida Luz Villa, es la única de los seis hijos del fallecido juglar magdalenense Abel Antonio Villa que canta y compone. Sus hermanos solo heredaron la pasión por el acordeón, por lo que desde niña se convirtió en la voz melodiosa de la familia.

Ella se ha paseado por Estados Unidos, España, Inglaterra, México, Costa Rica y Argentina llevando su música. En 2003 grabó su primera producción Regalo de Dios, alabanzas de su propia inspiración y ahora presenta el sencillo Madre querida, tema de su autoría inspirado en la honra que le tenía a su madre Devora Cañas (Qepd).

“Sirve no solo para el Día de las Madres, sino para recordar a ese ser querido todo el año. A las mamás hay que amarlas todos los días y no esperar que estén ausentes para amarlas y llevarles flores”, indicó Aida, cuya fórmula musical es su hermano ‘Salo’ Villa.

Sobre el legado que recibió de su padre, explicó que va más allá de lo musical. “Era un gran consejero, me enseñó mucha calidad humana y a irradiar amor, pero sobre todo a ser humilde”.

En cuanto lo musical resaltó que fue el primer acordeonero que llevó este instrumento a los estudios de grabación. “Comenzó a los 8 años y a los 12 debutó a nivel profesional. Por eso se le conoce como el ‘Padre del acordeón’, componía, hacía arreglos, tocaba acordeón y cantaba, era un auténtico juglar”, dijo la cantautora que del extenso repertorio de su padre destaca El Higuerón y El cigarrón negro, este último inspirado también en su madre.

LA MUERTE DE ABEL ANTONIO

En 1943, Villa fue dado por muerto y velado de cuerpo ausente durante cinco noches, cuando apareció tras andar de juerga por pueblos de la región, anécdota que dio origen a su icónica composición La muerte de Abel Antonio. Sobre este capítulo su hija indicó que “ya gozaba de fama y realizaba una gira por El Banco, donde amenizó varias parrandas. Un señor alto y moreno llamado Abel Antonio Fernández se accidentó y cuando vieron su rostro desfigurado, todos pensaron que era mi padre. Mandaron un telegrama a Piedras de Moler, el pueblo donde vivían mis abuelos, pero este duró ocho días en llegar. Allí una multitud se reunía para orar por su alma todas las noches. Mi papá llegó vestido de blanco a la quinta noche y comenzó a llorar, al ver que lo hacían muerto. El alcalde le dijo ‘Abel Antonio no llore, eso le pasa a los hombres que salen a caminar’ y dijo que eso era para componer una canción. Agarró el acordeón y compuso La muerte de Abel Antonio”.

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