Joe, de diamante en bruto a Súper Congo
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Rubén Darío Salcedo trajo al Joe a su agrupación en Sincelejo.
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Redacción ALDIA

Joe, de diamante en bruto a Súper Congo

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El hijo de ‘El Negro Chombo’ ¡En la Plaza e’ Majagual, Sincelejo!

Cuando de las cuerdas vocales del hijo de ‘El Negro Chombo’ salía la expresión “¡En la Plaza e’ Majagual, Sincelejo!”, no era por capricho, sino porque en ese lugar inició su carrera artística, que lo llevó a ser Súpercongo en el Carnaval de Barranquilla.

El maestro Rubén Darío Salcedo, compositor de Fiesta en corraleja, asegura que eran finales de los 60 cuando tenía una agrupación musical llamada El Súpercombo Los Diamantes, compuesta por 14 músicos, entre ellos los hermanos José y Ángel Cabezas, de Cartagena.

El cantante estrella era Johnny Arzuza, quien renunció a ser vocalista por motivos desconocidos, decidió salir de El Súpercombo, y Wálter Miguel Castro Pérez, el director, le sugirió que no se fuera, pues quedaban sin un buen cantante. Pero Johnny le manifestó que no se preocupara porque él tenía un ‘pelao’ en Cartagena que era bueno y estaba empezando. Ese era el Joe Arroyo, a quien en ese tiempo solo se le conocía como Álvaro José Arroyo González.

“El que lo bautizó como Joe fue Roberto Díaz Pacheco, conocido popularmente en Sincelejo como ‘el Pechón’. No sé por qué se le metió el tema de decirle Joe”, indica Castro.

Salcedo explica que los hermanos Cabezas también le decían que había un muchacho que se quería venir para El Súpercombo Los Diamantes: “Pero le dijeron que no, porque primero tenían que hablar conmigo; ese muchacho vivía en Cartagena, en el barrio La Bonga”. El juglar añade que, ante la insistencia, una vez les fue a llevar un anticipo económico a los Cabezas aprovechó para hablar con el muchacho. Junto con los dos hermanos llegó hasta una casa en un tugurio y le presentaron a Ángela, la mamá de Álvaro José.

Salcedo asegura que la mujer le dijo de inmediato que lo mejor para Álvaro era que se lo llevara porque en Cartagena solo se dedicaba a patear pelotas y no hacía más nada. “Si se va contigo, quiero que tu le enseñes a cantar, porque ese pasa cantando por ahí”, le dijo Ángela a Rubén Darío.

Acordaron que el viernes de esa semana que iban a ensayar se fuera para Sincelejo con los Cabezas y Manuel del Cristo Tapias, ‘El Bocanales’, que lo envió Wálter Castro. Ellos se encargaron de traerlo a la capital sucreña.

Cuando llegó, empezó a ensayar, y su primer toque con la orquesta fue en San Diego (Cesar), donde duraron tres semanas.

Castro cuenta que, antes de este primer toque, llegaron a Cartagena a recogerlo y que Álvaro José se saltó la paredilla del colegio donde estudiaba y se fue con ellos.

Después se radicó en una casa en el barrio Las Mercedes de Sincelejo, donde llegaban muchos músicos, y de allí iba a tomar los alimentos a la vivienda de Arcela Arrieta, que quedaba a dos calles.

“El Joe llegó a cantar salsa y también balada, pero no cumbia y otros ritmos, y yo lo puse a cantar esos aires musicales”, relata el maestro Wálter Castro.

A finales de los 60, cuando regresó a Sincelejo, conoció a Eliasib María Mendoza Chamorro, esposa de Rubén Darío y quien siempre se ha confesado cristiana, ella se dedicó a leerle la Biblia, lo que le empezó a dar “dulzura a su alma” y a aprender, como dice su afamada canción, “A mi Dios todo le debo”.

Wálter recuerda que frecuentaban la Plaza de Majagual, que era un peladero, a jugar fútbol. Así lo confirma Manuel Morón Arrieta, quien es hoy presidente del Colegio Nacional de Periodistas en Sincelejo.

Morón relata que jugaban bola de trapo y que se enfrentaban los habitantes de la Cola del Pozo, hoy Parque del Pozo de Majagual, con los residentes de la calle Los Lobos, hoy Calle Corea.

También llegaba en las noches a la Plaza a comer fritos hechos con frijoles y a tomar peto donde Tomasita junto a Roberto Díaz Pacheco, ‘el Pechón’.

Este personaje sincelejano lo recuerda como un joven sano, libre de vicios, que lo acompañaba siempre a la droguería Castillo, en la Calle Chacurí. “Allí compraba unos tarros grandes de mentolín y, en las noches, después de cantar, se lo echaba en la garganta y se colocaba una bufanda. Joe se cuidaba mucho, no fumaba, no tomaba y llevaba una vida sana”, cuenta ‘el Pechón’.

Joe residió un tiempo en una casa frente al Hospital Universitario de Sincelejo, de propiedad de Juana Osorio.

También recuerda que viajaban mucho y que en esas correrías Joe conoció a su papá en San Andrés Isla, un hombre al que llamaban ‘El Negro Chombo’. “Subí corriendo una loma donde estaba la casa de ‘El Negro Chombo’, era ebanista, y cuando llegué lo encontré con un hacha partiendo un palo y le dije: “Señor, este es su hijo”, y enseguida lo abrazó y después de un rato le dio de regalo, un reloj Cornavin que tenía la esfera azul y en una de las agujas un tiburón. Era muy bonito”, señala.

Salcedo indica que la carrera de Álvaro José Arroyo González iba cuesta arriba y que como Alfredo Gutiérrez le grabó temas que tenía unos coros altísimos, Joe se los aprendió y los cantaba en la orquesta cuando tocaban. “Eran de vallenatos como Corazón de acero, Ojos verdes y Ojos indios”.

Como la orquesta del maestro empezó a tomar fama y en sus presentaciones cantaba Joe, en una ocasión en Montería, Isaac Villanueva, representante de Discos Fuentes, le hizo saber que “ese negrito” cantaba muy bien.

En Barranquilla se lo volvió a encontrar y Villanueva quedó nuevamente fascinado con la voz del “negrito” y decidió “robárselo”.

En ese entonces se acordó con Wálter Castro grabar un álbum nombrado Capullito, que incluía La murga panameña, una composición especial para la voz del “negrito”. También tres melodías de José Cabezas, una de Calao González y un porro de Wálter Castro.

Ese trabajo lo grabó en Cartagena en los estudios Fuentes, que estaban en Manga. Álvaro José estaba muy contento porque era la primera vez que iba a grabar. Cuando el maestro rememora esta parte de la vida de Álvaro José Arroyo González, se le quiebra la voz y le brotan lágrimas, pues está recordando el nacimiento, a inicios de los 70, de uno de los más grandes cantantes y compositores de la música tropical.

Sus presentaciones se hacían más frecuentes y en estas conoció a Fruko. “Fruko se enamoró de él, de su voz, y se lo llevó. Después de 5 años, se marchó y no me gustó. Le pregunté: “¿Por qué te vas a ir ahora, que tenemos un disco afuera? Y me respondió que tenía ganas de volar”.

Se fue, y ‘el Pechón’ afirma que allí empezó la historia de un grande de la música que se inspiró en Celia Cruz y Héctor Lavoe; y también comenzó la debacle mental del mejor sonero de América, pues se sumergió en el mundo de las drogas y el alcohol, que terminaron afectándolo hasta acabar con su vida.

“A mí me dijeron que antes de grabar Patuleco fue la primera vez que probó el vicio, y se nota en su interpretación”, dice ‘el Péchón’.

Ese “negrito” llegó a ganar 18 Congos de Oro y los organizadores del Festival de Orquestas del Carnaval de Barranquilla decidieron crear el Súpercongo, solo para el Joe, porque no tenía contrincante en esas festividades. Y así, aquel adolescente negrito del barrio La Bonga de Cartagena, que se formó en Sucre, se convirtió con su música en Súpercongo de Barranquilla.

Con información de: Fabián Angulo Cetarez.

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