ESPECIAL | Cambuches, entre luces y sombras

AL DÍA atendió denuncias sobre la situación que se vive en los asentamientos de venezolanos cercanos al Terminal de Transporte.

Por: Luis Miguel Arango
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Alquiler de bebés, prostitución de adultos y menores de edad, consumo de drogas y riñas constantes; son algunas de las problemáticas que se dan en los asentamientos de venezolanos en los alrededores de la Terminal Metropolitana de Transporte de Barranquilla; denunció en AL DÍA una compatriota de estos grupos.

¿Qué ocurre en realidad en estos cambuches? ¡Los visitamos! En enero de 2018 la dirección de la Terminal ordenó el desalojo de 120 venezolanos que se habían instalado en el parqueadero externo de sus predios. Una medida que buscaba erradicar de raíz una situación que vislumbraba de mucha gravedad.

Lo que en principios de 2017 fue ‘albergue’ para 40 personas sin techo, de repente se convirtió en un mini-barrio conformado por más de 400 inmigrantes entre infantes, adultos y ancianos.

“Era necesario expulsarlos por seguridad de pasajeros y nuestros trabajadores”, explicó Darwin Silva, subgerente de la Terminal.

Poco o nada cambió la situación, pues rápidamente los venezolanos angustiados por saber dónde pasar la noche, se asentaron en el perímetro del centro de transporte interdepartamental, en el que hay ahora 99 cambuches habitados por 370 personas, de las cuales 200 son niños y 170 adultos (90 mujeres, 11 de ellas embarazadas). En este sector —conocido así, como ‘los cambuches’— los días para sus habitantes comienzan más temprano que para cualquiera otro en Soledad; pues a ellos los despierta el sol, el ruido de los buses y el hambre, lo más incómodo de todo.

“Me levanto bien temprano a esperar si salen clientes”, comenta Alfredo Rafael Almao, de 55 años, de oficio zapatero, oriundo de Barquisimeto, quien reside allí hace cinco meses.

Cualquiera que se siente en una es quina contigua a los cambuches, entre las 7 y 9 de la mañana, podrá apreciar el desfile de venezolanos que salen de sus refugios hacia un restaurante cercano en el que deben alquilar un baño para ducharse, lavar la ropa y cocinar.

“La bañada cuesta 2 mil pesos. Si una va a lavar cobran entre 2 mil y 3 mil por hora, lo mismo para cocinar”, precisó uno de los familiares de Alfredo. La luz del día muestra gente sentada afuera de las carpas con pequeños negocios de venta de tinto, dulces, agua, o zapateros como Alfredo.

Estas escenas hablan de esperanza, pero desafortunadamente también muestra otra cara menos grata, y es la que trata la denuncia. “En los cambuches hay un grupo que acapara las ayudas y decide quién come. Lo peor de todo es que muchas veces venden esas contribuciones”, dijo a AL DÍA una activista que por seguridad prefirió no revelar su nombre.

Este medio consultó la información con los habitantes de los asentamientos. “Los ‘bochinches’ son verdad, pero no es que alguien acapare las ayudas. Cuando alguien trae colaboraciones quienes aprovechan más son los que están cerca de los donantes”, sostuvo Alfredo Almao.

La mañana y la tarde también muestra el esfuerzo de quienes quieren salir adelante, incluso, ante la poca solidaridad de sus mismos compatriotas, como afirmó Orianis Crespo, de 32 años. “Vendo tinto, así es como me gano la vida. Lo triste es que entre los mismos venezolanos nos damos la espalda. Si uno se acerca a los cambuches nos echan, porque no quieren tinteras cerca”, dice.

Orianis llegó a Soledad hace dos meses procedente del estado Lara. En promedio gana $10 mil diario, lo cual divide entre $5 mil de arriendo (por noche) y $5 mil para desayuno, almuerzo y comida.“Las ayudas llegan a los cambuches, porque están ahí mismo, pero ‘cuidao’ y se acerca alguien que no sea de ahí, enseguida lo sacan para que no reciba las donaciones”, comentó.

LLEGA LA NOCHE

El sol se esconde, y a medida que atenúa su luz al mismo tiempo los venezolanos van guardando sus pertenencias en sus respectivos cam buches: sillas plásticas, lonas para protegerse del resplandor, la ropa que a diario ponen a secar. Todo lo recogen para recibir la noche, esa que trae sus propios flagelos.

“A eso de las 11 (p.m.) se ven a las jovencitas ofreciéndose en las esquinas. Los taxistas las manosean por cualquier peso. También negocian con los niños, supe que alquilan niños, cuando son de brazos cobran $5 mil por el rato, por los más grandes piden $3 mil, todo pa’ pedir limosnas con ellos”, señaló la denunciante.

AL DÍA hizo un recorrido nocturno y comprobó que efectivamente la presencia femenina en las esquinas es alta: vestimenta llamativa y sin acompañantes, esa es la tendencia. Hombres que se acercan a ellas, cruzan palabras y luego se marchan. En la oscuridad también incrementa el tránsito de personas de aspecto dudoso.

Este medio fotografió a una jovencita que usaba una licra que dejaba ver parte de sus glúteos, iba detrás de dos carretilleros que la tocaban mientras soltaban carcajadas.

“Ahí en esos lugares pelean por todo. Hay que decir las cosas como son: tienen un grupo de ‘malandros’ que pelean por todos, se apuñalan, se drogan, de todo. Pero no es verdad que alquilen niños ¿quién haría eso?”, expresó José Montero, de 44 años, oriundo de Maracai y residente en Soledad hace 8 meses. Darwin Silva, subgerente de la Terminal, exigió que para antes del inicio de los Juegos Centroamericanos y del Caribe (19 de julio), les tengan una solución al asentamiento de los cambuches, “porque el flujo de pasajeros incrementará y no quieren tener inconvenientes de inseguridad”.

Supuestamente la Alcaldía de Soledad tenía planeado para esta semana un desalojo de los residentes en cambuches, pero esto no se llevó a cabo, según los venezolanos. “Era una iniciativa que no contaba con el respaldo de Migración Colombia”.

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