La llama del horno artesanal que ha acompañado a tres generaciones de galleteras
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El patio de madre e hija siempre está lleno de galletas y el olor invita a probarlas desde afuera cuando los nativos y visitantes transitan por esta zona de Corozal.
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Redacción ALDIA

La llama del horno artesanal que ha acompañado a tres generaciones de galleteras

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En Corozal las galletas tienen los nombres de tres mujeres.

Llegar a la casa donde preparan quizás las mejores galletas de Corozal es fácil. El olor brinda las coordenadas y la gente a la que se le pregunta dice, como buenos pueblerinos, “allá en la esquina”.

Al entrar, la estampa de una mujer mayor da la bienvenida. “Adelante”, dice sin desconfianza. Al pasar al patio manos laboriosas se ven dándola toda en la labor que comienza muy de madrugada y culmina entrada la tarde.

Es que hacer entre ocho mil y diez mil galletas de queso todos los días no es de un momento a otro y las doce horas que emplean en ello son un tiempo prudente.

Allí, en la mitad del patio, está el horno, la razón de la visita con cámara en mano. Todo el mundo cuenta que desde que tienen uso de razón, medio siglo para ser más exacto, conocen la fábrica de galletas del barrio San José. El mismo tiempo que llevan conociendo el horno artesanal en el que preparan las galletas que degustan desde los más chicos hasta los más grandes.

Todo comenzó hace 50 años en las manos de Antonia Martínez cuando buscaba la leña y a fuego lento hacia galletas, enyucados, bolitas de leche y demás dulces. La fama de su masa se hizo popular rápidamente y de eso dan fe muchas lenguas.

Luego le heredó ese arte a su hija Nery del Carmen Salgado quien hoy tiene 80 años y como si se tratara de un legado le pasó la tradición a su hija Omaira Paternina Salgado que ahora tiene 56 años.

A estas tres mujeres las ha acompañado el mismo horno, fiel testigo de madrugadas lluviosas, mañanas radiantes y tardes calurosas.

“Nos levantamos a las 2:00 de la mañana y terminamos de trabajar a las 2:00 de la tarde. Trabajamos entre tres o cinco bultos de harina diariamente. Distribuimos las galletas en las tiendas de Corozal y pueblos circunvecinos. Los 15 vendedores que tenemos distribuyen el producto. Acá trabajamos entre picadores, amasadores y el encargado del horno. En la calle están los vendedores”.

La explicación la dio Omaira, la heredera más reciente. Ella a la par de los demás trabajadores le da forma al que ha sido el sustento familiar durante las últimas cinco décadas, lo que indica que además de ser un negocio es un modo de vida, de supervivencia. Unas 20 familias se benefician directamente de esta fábrica.

“El horno, que es completamente artesanal en barro, tiene los 50 años que lleva el negocio. Ha sido reparado, pero conserva el tamaño y el primer diseño y material. Como estamos cerca del arroyo le hemos echado cemento y protegido bastante”, dijo.

Lo tienen como en un pedestal. Bajo techo y a una altura prudente y necesaria. Lo escolta la voluntad diaria de estas manos que de lunes a sábado se mueven sin cansancio.

“Estas galletas en horno a gas no se han dado, son muy delicadas. Y queremos hacerlas así, artesanales, para guardar la tradición. Ese yo creo que es el secreto porque no se ha cambiado la fórmula del principio. A eso se le suma el amor que le ponemos al hacer las galleticas”, contó Omaira.

A pocos metros su mamá Nery del Carmen la observa. No le cabe duda que su hija preservó la tradición y eso hace que sonría a cada instante.

Ella igualmente aprendió de su mamá Toña, como la conocían en Corozal, y de manera empírica, sin cursos de repostería, amasó su legado.

“Yo la veía haciendo las galletas y fui cogiendo la fórmula. Cuando ella las hacía yo las vendía en el pueblo y así nos fuimos dando a conocer. Siempre hemos tenido la casa aquí mismo y la galletería ha funcionado aquí. Todo el mundo nos conoce”, relató.

Ya la edad y los problemas de artritis no la dejan estar cerca al legendario horno, pero desde la sala observa el humo, siente el olor y degusta el producido con un buen café.

Quien sí está cerca al horno es Jorge Luis Martínez, de 49 años, encargado de manejarlo. En esa labor lleva once años, tiempo que le da la experiencia para saber qué hacer y cómo hacerlo.

“La técnica es la temperatura del horno y la clase de leña que se use. Las galletas demoran entre uno y  tres minutos en el fuego. Eso es lo que hay que ir viendo en cada momento. La leña que más se usa es la de carbonero, matarratón y la del palo de naranja. Esas son las necesarias porque dan brasa”, explicó.

Es así como, dijo el hombre, un bulto de harina da unas dos mil galletas, y a diario, en esta galletería, trabajan hasta cinco bultos.

Estos datos ayudan a formar un concepto más serio de lo que significa este trabajo familiar en donde el pasado, el presente y el futuro se amasan con buen sabor y con mucho fuego, ese que no han dejado apagar.

Con información de: Ernesto Benavides Sierra.

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